miércoles 11 de noviembre de 2009

easy rider



Un rito adolescente que todos soñamos con atravesar, es el del viaje iniciático.

Es la fantasía de salir en búsqueda de algo, que nunca se sabe bien qué es, lejos de los adultos y con la posibilidad de encontrar al amor de tu vida en el trayecto. Pero, fundamentalmente, de esos viajes nunca nadie regresa siendo la misma persona. Un poco más adulto, tal vez.

De hecho, el cierre de la vida educativa juvenil argentina se corona con el viaje iniciático por excelencia: el viaje a Bariloche.
Claro que dista mucho de los viajes de Ulises o del Quijote. Ni siquiera se acercan a los viajes de Marty Mc Fly. Termina siendo un fiasco donde no se desayuna, se almuerza mal y se cena peor. Y donde solo en algunas honrosas ocasiones, no se cumple el objetivo inicial (que es coger con alguien, por supuesto).


Tomábamos mate con Coqui, mientras charlábamos de las ganas de vacaciones y de subirnos a un auto y salir a la ruta.


- Dire, hablando de viajes, ayer ví una película que me dejó re pensando.

- Qué película viste, Coqui?

- Una de un chabón que se iba con su amigo, los dos en una moto, a recorrer países. Te juro que yo quiero tener una vida así, luchar por mis ideales, viajar sin límites de horarios y sin tener que laburar. Pero no me acuerdo el nombre de la película.

- Con Gael García Bernal? No es la de la historia del Che?

- Ehhhhh, no me acuerdo. Se trata de dos pibes que eran estudiantes de medicina, uno es cordobés. Después se les rompe la moto y terminan trabajando en un lugar de leprosos.

- Sí, Coqui. Cuenta la historia del Che cuando era joven.

- Si, tenés razón. "Diarios de un motoquero", creo que se llama.

jueves 5 de noviembre de 2009

Acá va una historia de esas que ustedes disfrutan, picarones:
Otro maravilloso aporte de mis jóvenes púberes durante los talleres de sexualidad




Cuando yo tenía quince, las clases de Educación sexual eran bastante limitadas. Nos proyectaban un video de Johnson's & Johnson's y a la salida nos regalaban un tampón.

En mi colegio -católico y un tanto progre, pero no lo suficiente como para proclamar la liberación sexual femenina- las clases las daba una monja.

No sé si existe la misoginia al revés, pero juro que esta señora era la abanderada del odio a los hombres. Detestaba todo lo que pudiera asemejarse a un encuentro cercano con el otro sexo.

Esencialmente era un clon de Torquemada que se dedicaba a transmitir información errónea y cargada de dogmas.


Impávida, nos decía cosas como:


"Chicas, cuidado cuando tengan sesiones de besos profundos con sus parejas. Conozco muchos casos de mujeres que quedaron embarazadas por juguetear con sus novios. Aunque no tengan penetración, los espermatozoides son algo traviseos y pueden penetrar la tela de la ropa interior"


"Ponerse un tampón es lo mismo que masturbarse. Usen toallitas que es más higiénico."




Yo llegaba a mi casa con los ojos grandes como platos y preguntaba. "Papá, es verdad que....?". Mi mamá se descostillaba de risa de las burradas que nos decía la monja y mi papá se debatía entre hacerle una denuncia o colgarla de las patas en la plaza de Olivos para que la ajusticien.
Con paciencia y sin prejuicios, mis viejos se encargaban de desandar el camino que la educación católica había intentado torcer.


Hoy estoy segura que mis jóvenes púberes tienen referentes mucho más informados, menos prejuiciosos, que se ocupan de transmitirles que el sexo es maravilloso y que es un encuentro con el/la otra/o.


En eso estábamos, durante un taller de sexualidad con los chicos. Discutiendo sobre el uso del preservativo.



- Yo no uso preservativo, porque no me gusta usarlo -sentenció Guille

- Ajá. Tal vez porque no lo estás colocando bien.

- No, no es eso. Es que me queda chico- sonrió de costado.


Carcajada descreída de los varones. Asombro del lado de las chicas.


- Yo te voy a demostrar que eso es un mito. Mirá.


Agarré el preservativo y lo empecé a estirar. Cerré el puño de la mano izquierda y con la otra mano, despacio, coloqué el preservativo en el puño. Lo estiré y lo estiré hasta que cubrió la mano y llegó hasta por debajo de mi muñeca. Abrí la mano y el preservativo quedó como si fuera un mitón de látex.


- Ves, Guille? El preservativo se estira muchísimo y no se rompe, siempre que tengas cuidado y lo hagas con paciencia. Es imposible que te quede chico.

- Bah, no sé- contestó encogiéndose de hombros, todavía descreído.

- Claro que sí! Nadie la tiene así de grande! Vos conocés alguien que la tenga así de grande?

- No, pero si llego a conocer a alguien que la tenga así, te juro que te aviso.

lunes 2 de noviembre de 2009

very important people



Me encontraba con una amiga en el Havanna de Cabildo y Congreso. Sorprendentemente llegué temprano y me senté en una mesa frente a la puerta a esperar que llegue. Pedí un té con limón y me puse a leer una revista.


La moza volvió enseguida con el pedido.


Un té con limón humeante y al lado una pila así de alta de galletitas de naranja bañadas con chocolate.


- Hmmmm. Me parece que te confundiste de pedido. Yo te pedí un té con limón, solamente.

- Sí, lo sé - me respondió la moza- Las galletitas van de regalo.


Mi sueño de adolescente romanticona se había hecho realidad. Un admirador anónimo me había enviado galletitas de chocolate? Vamos, mi chiquita, me palmeé. Ni embarazada perdés los encantos. Eso de tener un talle más de corpiño está surtiendo efectos.


- Un regalo? - Pregunté batiendo las pestañas y lanzando un mechón de pelo al aire.

- Te las manda la chica que está en la caja.


La fantasía de convertirme en el objeto de deseo de un caballero enmascarado se pinchó como un globo. Me desilusioné un poquito.


Hasta que me dí vuelta para ver quien era el alma generosa.


Se me dibujó una sonrisa enorme cuando la ví sentada detrás de la barra con el uniforme marrón y verde y con cara de cajera eficiente.


Luli había sido una de mis jóvenes púberes un par de años atrás pero le habíamos perdido el rastro. Sabíamos que estaba bien, que vivía en pareja, y que estaba trabajando. Pero había cambiado su celular y no supimos más nada de su historia.


Me acerqué a la caja a darle un abrazo. Nos dimos un beso enorme, le agradecí las galletitas, se puso contenta al verme. Nos intercambiamos los teléfonos y me prometió venir a visitarme para que conozca a su pareja. "Estás grande", le dije. "Y sí, Dire, ya tengo 22" me contestó, con una mezcla de fastidio y verguenza.


Volví a mi lugar, desfilando entre las mesas. Con una sonrisa triunfante y con la sensación de que yo era un poco más importante que el resto de la gente del bar.


Con la misma sensación que tenía a los quince cuando el chico de la puerta del boliche me reconocía y me dejaba pasar gratis. O cuando el barman del bar de siempre, me servía la cerveza en vaso de vidrio, solo reservado para los habitués.


Pero esta vez, me sentí VIP gracias a un puñado de galletitas de chocolate y un abrazo enorme detrás de la caja registradora.

miércoles 28 de octubre de 2009

los hermanitos descarriados

En el extenso universo de mocosos descarriados a los que me gustaría acomodar de un cachetazo, los tres hermanitos Casiraghi encabezan el ránking


A Andrea lo encerraría en una oficina a laburar doce horas diarias desculando hormigas. Le cortaría el pelo y le explicaría que no, corazón, la vida no es todo rocanrol, marihuana y cruceros en Mónaco.





Con el pobre Pierre, me sinceraría con el corazón en la mano:
Pierre, mi chiquito rebelde, el que tiene onda verdaderamente es tu hermano y vos sos un gil. Dedicate a hacer algo de tu vida y conseguite un trabajo digno, de repositor en el Coto, por ejemplo.



Y a vos, Charlotte, maldita mocosa de genes perfectos, me da tanta desesperación que seas hermosa, joven y millonaria que te condenaría a viajar en el subte D a las nueve de la mañana vendiendo gomitas de pelo y mentitas.


Princesa Carolina, quedate tranquila, que ya estoy saliendo para Mónaco a repartirle sopapos aleccionadores a estos tres mocosos que te salieron mal llevados.

domingo 25 de octubre de 2009

un cacho de ternura


Ver un recital de Cacho Castaña es fundamentalmente una experiencia sociológica.


Mucha lentejuela, una altísima proporción de animal print y color fucsia entre el público concurrente. Cincuenta años de edad de promedio, mucho sexo femenino separada-divorciada. Varios grupos de amigas con elevado estrógeno y gritos de soprano e infaltable rubio ceniza Koleston 2000.


La previa se hace larga, las señoras se impacientan y empiezan a patear el piso del teatro para que salga el cantor. Momentos de algarabía se vivieron en la fila de atrás, cuando la rubia sentada a mis espaldas vislumbra a Claudia Maradona entre el público. Su sobrino, de unos veinte años, acaba de volver del baño y le cuenta emocionado que vio a la morocha de Valientes y a Laura Ubfal en el lobby del teatro.


La estrella sale a escena, las chicas aúllan. Cachito saluda, le gritan "te amo, te hago de todo". Canchero, responde "chicas, no me griten esas cosas, si supieran lo fácil que soy". Una gorda de la fila cuatro, rápida de reflejos le responde "yo también, Cacho!"


No se ahorra en hits, al tercer tema canta el clásico Café la Humedad y el teatro se viene abajo. Enciende las luces de la platea y pide un aplauso "para mi amigo Daniel Scioli", el público chifla y algunos aplauden. Yo me escudo en las espaldas de mi negrito y amparada por el anonimato grito "traidor, pagá los subsidios a los centros de día del conurbano!!!". Un poco de reclamo peronista viene bien, Cacho es algo fascistoide y reaccionario, había que ponerse del lado de los descamisados para equiparar.


Dramáticos momentos se vivieron en el cierre del show, cuando una morocha envalentonada se trepó al escenario para darle un beso a Cacho. La levantaron dos patovicas de las axilas para bajarla. Tranquilas chicas, la estrella está a salvo.


Volvimos en taxi bajo una tormenta torrencial, tarareando Ojalá que no puedas. Satisfechos de haber llevado a nuestro hijo a escuchar desde la panza a un grande entre los grandes.

jueves 22 de octubre de 2009

El Lolito de la Semana

Jean Sarkozy, oh la lá

Tengo talento para poner en caja a jóvenes descarriados.
Pero me harté de pobres, de sordidez, de suciedad. Necesito glamour en carácter de urgencia. Necesito rubios, olor a perfume y pattiserie.


Es por eso que mañana saco un pasaje a Paris y me presento en las puertas del Palais de l'Élysée a ofrecer mis servicios.

Me voy a ofrecer voluntariamente para encarrilar a este mocoso impertinente, que tiene un carácter podrido como el padre.

Me va a alimentar a croissants a la orilla del Sena, y yo le voy a disciplinar ese cabello de ángel. Le voy a sacar el fascismo a cachetazos y lo convenceré de hacer la revolución.


No digas sí, mi chiquito, dí oui.

martes 20 de octubre de 2009

La gota que rebalsó el vaso



Después de muchos años de trabajar escuchando tragedias, dramas y violencia, uno piensa que ya perdió la capacidad de conmoverse y que nada te va asombrar. Suelo escuchar inmutable historias trágicas, quizás porque me anestesio para evitar que me hagan daño.

Hoy descubrí que quizás puedo haber perdido la capacidad de asombro, pero por suerte, me queda la posibilidad de empatizar con el dolor del otro. O quizás será el embarazo, que me pone más sensible, no lo sé.


Llegué al trabajo más temprano que de costumbre. Tenía que hacer unas compras por la zona y quería aprovechar el tiempo libre.
Me encontré en la verdulería con Ani, mi coequiper, veníamos los dos haciendo comentarios doñarosísticos sobre el precio de los tomates.

Apenas cruzamos la vereda, vimos a Romi esperándonos sentada en el umbral.

La noté rara, con los ojos llorosos. Cuando levantó la cabeza para saludarme, me sobresalté. Tenía la cara desfigurada por golpes.


La levantamos del piso y la llevamos a la oficina. Servimos un vaso enorme de jugo y con una entereza increíble, sin derramar una sola lágrima, nos contó que su papá la había golpeado después de una noche de pasta base y alcohol.


Le limpié la cara con un pañuelo descartable y me aguanté las ganas de llorar mientras lo hacía.
Le sostuve la bolsa de hielo en la cara, con un nudo en la garganta.
Escuché el relato agarrándola de la mano, mientra Ani la abrazaba y le hablaba despacito para tranquilizarla. Me aguanté las ganas de salir corriendo a patearle la cabeza a ese hijo de puta que en lugar de meterse con uno de su tamaño, se desquitó la bronca con una chica de 16 años. Buscamos un lugar seguro para que duerma durante la noche, hicimos los trámites legales necesarios y la acompañé a la farmacia a comprar agua oxigenada.

Y hice todo eso aguantando las ganas de llorar.


Llegué a mi casa, me serví un bowl enorme de frutillas con azúcar y prendí la tele.
Y me puse a llorar desconsoladamente porque Zulma Lobato finalmente encontró su perrito perdido.